•
En el 2030 se estima que 150 millones de personas en el mundo padecerán
este mal. Una experte de la UAG nos hace tomar conciencia sobre sus
implicaciones en la sociedad y sistemas de salud.
Por la Dra. Beatriz Corona Figueroa, Coordinadora del Comité de
Investigación del Decanato de Ciencias Sociales, Económico y
Administrativas y académica de la Universidad Autónoma de Guadalajara
(UAG).
La enfermedad de Alzheimer, llamada así en honor a Alois Alzheimer,
patólogo y psiquiatra alemán que en el lejano 1906 describió por primera
vez a este padecimiento, es la más común de las demencias, teniendo en
cuenta que la demencia es un padecimiento que afecta directamente
funciones cognitivas tan vitales como la memoria, la orientación, el
reconocimiento de personas y objetos y la práctica de actividades de la
vida diaria como el vestido, la alimentación y las relaciones sociales.
Una descripción sencilla del proceso de deterioro que el cerebro sufre
ante esta enfermedad es el “encogimiento” del encéfalo debido a la
formación de placas anormales de proteína y “nudos” en las fibras
nerviosas, que son las que permiten la comunicación entre las neuronas y
el desarrollo de nuestras funciones cerebrales.
La enfermedad es paulatina, crónica y degenerativa y hasta ahora,
irreversible. Los factores de riesgo más conocidos son la edad (a mayor
edad, mayor riesgo), el sexo (suele presentarse más frecuentemente en
mujeres a causa de la pérdida del factor neuroprotector estrogénico
posterior al climaterio), la carga genética (es más común en personas
con familiares directos que la hayan padecido), traumatismos y factores
de riesgo más específicos como el tabaquismo, la obesidad, la diabetes,
el colesterol alto, la hipertensión arterial y la exposición a tóxicos
en los alimentos y en el ambiente. Los medicamentos pueden atenuar
algunos síntomas, pero, sobre todo, el entorno inmediato es el que puede
tener influencia ante el curso que la enfermedad tomará para cada
persona.
La progresión de la enfermedad de Alzheimer está bien identificada. La
primera etapa se presenta, con variaciones de acuerdo con la agresividad
de la enfermedad y la esperanza de vida particular, de los primeros dos
a ocho años de haberse manifestado. En esta etapa tienen lugar los
primeros efectos cognitivos como la pérdida de la memoria reciente, la
desorientación en tiempo y espacio y la afasia, que es la dificultad
para expresar verbalmente lo que se desea.
También pueden presentarse inquietud y agitación, especialmente porque
la persona conserva aún un importante grado de conciencia sobre sí misma
y sobre los cambios que está sufriendo, que la vuelven insegura y le
causan angustia porque, si es conocedora de su diagnóstico, sabe que la
enfermedad irá causando estragos hasta que pierda por completo el
control de ella misma.
La segunda etapa puede afectar directamente la producción del lenguaje y
el reconocimiento de personas que solían ser comunes a la vida diaria
(agnosia) e incluso dificultad para la realización de tareas funcionales
que se tenían muy automatizadas como el vestido, la alimentación y los
movimientos cotidianos intencionados (apraxia), carencias que vuelven al
paciente dependiente y aislado de su entorno.
La tercera etapa es tan variable en el tiempo como años de vida alcance
la persona, pero suele caracterizarse por pérdidas de funciones básicas
como el aseo y la alimentación, al grado de que, en muchas ocasiones, el
fallecimiento viene por el deterioro físico y mental, y la anulación
del instinto básico de supervivencia.
Según datos de la Organización Mundial de la Salud, en 2015 la
enfermedad de Alzheimer era padecida por 50 millones de personas en el
mundo, pero se prevé un rápido incremento de esta tasa para 2030 (que se
estima de 150 millones a nivel mundial y 1.5 millones en México) y en
este fenómeno el envejecimiento poblacional y la exposición a los
factores de riesgo señalados juegan un papel primordial.
El grave peligro de este aumento es sin duda su impacto en la salud
pública y el severo daño causado en el entorno de los pacientes y para
las vidas de sus cuidadores, que suelen ser desatendidos a pesar del
grave desgaste que padecen, en muchas ocasiones sin la posibilidad de
contar con apoyos emocionales ni instrumentales y que desarrollan
también síntomas psicológicos como ansiedad, depresión, soledad,
abatimiento y desesperanza.
¿Es posible prevenir el Alzheimer?
Por su naturaleza, esta enfermedad es difícil de prevenir, y una vez
presente, casi imposible de detener. Sin embargo, si se atiende a los
factores de riesgo antes mencionados y se tiene identificada la
posibilidad de identificar la predisposición genética a padecerla,
ciertas acciones de nuestra parte podrían representar algún efecto
protector para nuestro cerebro en general o para posponer la edad de
inicio de algunas enfermedades.
Estilos de vida saludables como conservar un peso adecuado, evitar
fumar, monitorear la salud cardiovascular, evitar traumatismos,
practicar algunos ejercicios de funcionamiento cognitivo e incluso,
recomendaciones tan específicas como la dieta mediterránea serán sin
duda fuertes aliados para que cualquiera de nosotros conserve el
adecuado funcionamiento de ese órgano increíble llamado cerebro y que es
el medio por el cual la vida humana como la conocemos puede
desarrollarse.
En días pasados se conmemoró el Día Mundial del Alzheimer, y una vez
conociendo más sobre esta enfermedad, podremos, no sólo cuidar nuestra
salud de una manera más consiente, sino ser más empáticos ante todas las
personas que son afectadas por esta enfermedad (pacientes y cuidadores)
y salir de nuestra indiferencia ante el problema.